lunes, 23 de noviembre de 2015

Romances festivos

ROMANCES DE PÍCAROS Y SÁTIROS

   Dentro de la tradición castellana está el romance satírico. La gentileza de mi hermano Juan me invitó a escribir dos romances que imitaran ese estilo pícaro del siglo XIV y XV, con la intención de ponerles música. Ya está puesta, y alguna vez los ha incorporado en su repertorio la Ronda segoviana.
   Gracias a ellos he recuperado una afición que tenía en mi época de estudiante (¡décadas ha!), cuando quería lanzar bromas a mis compañeros de clase. El tiempo hace que sea otro el objetivo; en este caso, se trata de la revisión de un par de leyendas segovianas. 

LEYENDA DE LA MOZA Y EL DIABLO
(De cuando el diablo hizo el acueducto para librarse de una moza que quiso cazarle)





Hace mucho, mucho tiempo,
iba a trancas y barrancas
una moza muy garbosa
muy cerquita de la plaza.
Bajaba cubos al río
y después los rellenaba
y cargaba con el peso
para subir al alcázar.

Y la moza maldecía
su suerte cada mañana:
"Me cago en todas las cuestas,
jopé cómo pesa el agua".

Un día vino el diablo
y le gustó la muchacha:
"Si te pesa mucho el cubo
te lo llevo hasta tu casa".
Y la chica le contesta
traspasándole la carga:
"Si tú me llevas el cubo
te doy mi cuerpo y mi alma".

Y el diablo maldecía
su suerte cada mañana:
"Me cago en todas las cuestas,
joé cómo pesa el agua".

Él cargaba con el peso
y ella vive descansada.
Un día el diablo le dice
que ya más cubos no aguanta.
"Voy a hacerte un acueducto
que arriba el agua te traiga.
Qué date tú con las piedras,
que este diablo se marcha".

Y el acueducto maldice
su suerte cada mañana:
"Me cago en todas las cuestas,
!joder, cómo pesa el agua!".





ROMANCE DE LA DONCELLA OLALLA EN LAS CANONJÍAS

(De cómo un curilla hizo una obra de caridad con una doncella fugitiva y consigo mismo) 


Allá por el siglo XIII,
Del alcázar para arriba,
Había un barrio en Segovia,
Que llaman Las Canonjías.
Tras sus muros y candados,
Ventanas y celosías,
Vive muy lujosamente
La cristiana clerecía.
Los señores de la iglesia
En este barrio se aíslan
Por evitar tentaciones
Que en otras calles transitan.
Y como manda la ley,
Aquí mujeres no habitan,
A no ser viejas y feas,
O contrahechas y bizcas.

Por su calle paseaba
Después de decir la misa
Un canónigo muy pío
Cuando casi anochecía.
En la puerta de La Claustra,
Que cierra la Canonjía
Entre gritos y sollozos
Pide auxilio una chiquilla.
“Abrid, por amor de Dios,
Que no tengo otra guarida,
Que me asaltaron dos hombres
Y he escapado malherida”.
El canónigo espantado
Muchas veces se santigua
Y en secreto abre la puerta
A mujeres prohibida.

En su casa la acomoda
Y allí la cura a escondidas,
Con vendas y con ungüentos
Va cerrando sus heridas.
El cura la va curando
Y aprendiendo medicina,
Y a la vez también descubre
Nociones de geografía:
¡Qué bellos se ven los montes
Y el valle entre las colinas
Y la cueva más profunda
Tras la maleza escondida!
Pasan días, pasan noches,
Y ya ha sanado la chica,
Mas herido queda el cura
En el tacto y en la vista.

Se presenta muy solemne
En el cuarto de la esquina:
“Ya tienes el cuerpo sano,
Falta que Dios lo bendiga”.
Se levanta la casulla
Y los hábitos se quita
Y en el “dóminus vobiscum”
El cuerpo se le encabrita.
“Qué artilugio es el que asoma
De sus piernas, señoría”.
“Eso no es sino un hisopo
Para echarte agua bendita”.
Y así el tiempo se volaba
Entre rezos y entre risas,
Vestida de hombre la lleva
Calle abajo, calle arriba,
     
Los pechos los disimula
Con unas vendas ceñidas
Y finge un bulto en las piernas
Con un trapo de cocina,
Mas ha llegado el momento
De llantos y despedidas,
Porque ya no hay quien disfrace
El bulto de la barriga.
Cuentan que doña Olalla
Era el nombre de la niña,
Única joven y bella
Que habitó la canonjía.
Y cuentan también que un cura
En La Claustra, de por vida,
Pone la oreja en la puerta
Por si auxilio solicitan.