Me propusieron escribir -y leer- el pregón de las fiestas de Migueláñez, el pueblo donde vivieron mis abuelos. Casi sin quererlo, el acto se convirtió para mí en un retorno a mi infancia. Ahí va:
En
medio de la vieja península Ibérica, sobre un páramo alejado de todos los
mares, hay una tierra amarilla y parda, achicharrada por el sol inclemente del
verano. A lo lejos, al sur, se intuyen entre brumas las montañas, como una
muralla mítica. Es la eterna Castilla, la reluciente y solitaria Castilla.
Un rosario de
pueblecitos se confunde con el paisaje. El horizonte recorta las torres de las
iglesias entre los tejados que las rodean y, de cerca, los caseríos envueltos
en el polvo reseco del camino, parecen animarse por la marcha pausada de un
tractor. En lo alto, un cielo intensamente azul casi hace daño a la vista. Son
las llanuras despejadas entre el río Duero y la sierra del Guadarrama,
recorridas por caminos, carreteras y cauces de riachuelos que dejan de correr
tan pronto como acaba el deshielo.
Hace tiempo
que el tren no se detiene en esta llanura amarilla. Desmontaron las raíles y
travesaños, metal y madera, y dejaron los guijarros que sostenían las vías. Era
un camino tortuoso ese que recorría el antiguo tren de Medina, entrelazado un
buen trecho con el río Eresma, atravesando secarrales y pinares, puentes y
túneles, arcillas y cardos. A su flanco derecho quedaron las viejas estaciones
abandonadas, cargadas de melancolía y soledad para no desentonar con el resto
del paisaje.
Más allá de
las ruinas de las tejeras, las tierras de arcilla rojiza se contaminan de rocas
negras y rugosas que afloran desde las entrañas de la tierra. Sobre un cerro se
divisa una ruinosa ermita, con las paredes sujetándose en pie de milagro y el
tejado en el mayor de los olvidos. Muy cerca, una airosa torre de ladrillo avisa
de que ahí mismo hay un pueblo al que no llegaba el tren. El suelo se oscurece,
hemos alcanzado la comarca gris de corazón de pizarra.
Pero hoy, como
por arte de magia, el suelo ha vibrado de nuevo. Las vías del tren han vuelto a
colocarse sobre el lecho de guijarros y rechinan otra vez, machacadas por los
antiguos vagones. Pero la locomotora que los mueve es una máquina del tiempo, una
moderna máquina del tiempo que deja a un niño en el andén de Ortigosa. A la
puerta de la estación pasea un hombre delgado, con la cabeza protegida por una
boina negra. Ha traído un carro tirado por una mula. El niño monta en el carro
y el viaje se convierte en un sinvivir de baches.
En poco
tiempo, llegan al pueblo de destino. Las calles sin asfaltar se abomban porque
las rocas de pizarra brotan por cualquier parte, rugosas y negras como los
buitres que se posan en San Isidro. Con el movimiento del vehículo, parece ir
creciendo la torre de ladrillo, hasta que el hombre de la boina detiene al
animal junto a las eras para que baje el niño. El abuelo carga el carro con
arena y la vuelca a la puerta de casa; un montón de arena para revolcarse
durante todo el verano es por sí mismo un parque de atracciones.
No es el
primer verano que el niño viene al pueblo, pero aún siguen sorprendiéndole que las
paredes exhiban impúdicas los bloques de pizarra con que fueron construidas.
Además, los hombres van a todas partes con boina y chaqueta, las mujeres hablan
a la puerta de casa con el mandil atado en la cintura y un pañuelo en la cabeza…
Y los chicos pregonan sus méritos de guerra en la última batalla disputada
contra el ejército de muchachos de Bernardos.
A diferencia
de la ciudad, el niño piensa que las calles son breves y sinuosas, recortadas
en infinidad de esquinas que crean la sensación de recorrer un laberinto. Para
quien no conozca el pueblo, es difícil llegar a un lugar concreto a la primera.
Por ejemplo, la plaza Mayor, en vez de ser el punto en que confluyen las
calles, parece haber sido escondida para que los forasteros tengan que dar unas
cuantas vueltas hasta encontrarla. Y eso que allí se concentran desde épocas
inmemoriales los cuatro poderes del pueblo: la iglesia, el ayuntamiento, el
casino y el frontón.
Otra
diferencia que encuentra son las puertas, que están partidas en dos por una
línea horizontal. En realidad, la parte de arriba casi siempre está abierta,
solo protegida por una cortina para que no se caliente el pasillo de entrada.
Cuando alguien viene de visita, da una voz, mete la mano para abrir el pestillo
de la parte de abajo y entra sin esperar a que alguien conteste. Pero lo que
más miedo le da al niño de ciudad es hacer de vientre cuando no tiene a mano
una taza de váter, rodeado de gallinas voraces que picotean a su alrededor.
El verano
transcurre en la cúpula transparente que detiene el paso del tiempo. A lo largo
del día, el niño corretea, aprende a moverse por Peña Mora, asciende a la peña
grande y bordea la cueva de la abubilla. Le mandan comprar el pan con una
extraña vara llena de muescas y por la tarde merienda una rebanada de pan con
chocolate. Un día va al cine para ver “Las campanas de Santa María”; toda la
tarde esperando, pero la maldita máquina se negó a funcionar. Adiós cine, adiós
chocolate...
Las eras se
extienden detrás de la última casa. Como en un cuadro realista del siglo XIX, una mujer monta en un trillo con el niño. Ni la
mujer ni, mucho menos, el niño saben que es el último verano que pasarán juntos.
Un cáncer detuvo para siempre a la abuela sobre el trigo y la paja y a su temprana muerte acabaron mis veranos infantiles
en Migueláñez. Pero yo sé que ella sigue allí, protegida por la cúpula, detrás
del mulo, cabalgando conmigo sobre la madera curvada del trillo, como en una
rudimentaria tabla de surf sobre un mar de piedras aplastadas.
Cada vez que
vuelvo a Migueláñez encuentro las mismas calles retorcidas y un laberinto sigue
protegiendo la Plaza Mayor. Ahora el asfalto cubre las piedras negras y el
polvo; los hombres no llevan boina, las mujeres no se cubren con pañuelos y los
pocos niños que quedan firmaron hace tiempo un tratado de paz con Bernardos. Pero
todo lo demás sigue igual, como debe seguir todo igual en las tierras de
Castilla, tan lejos del mar.
Eso sí, las
calles resucitan y seguirán resucitando cada verano. Agosto sirve para eso,
para reencontrarse, para vivir y revivir recuerdos de otros agostos bajo la
cúpula del cielo azul, de esa luz que hace daño mirar, pero de la que no hay
quien escape. También yo quedé encerrado bajo la misma cúpula que todo lo
conserva en medio de piedras negras y rugosas, en casa de los abuelos, en el
pueblo de corazón de pizarra. Con mi flequillo de cinco años, mis pantalones
cortos y las rodillas magulladas de restregarme para subir a la peña grande.
Y como no
podía ser menos, agosto llegó de nuevo lleno de magia. Gracias por haberme
invitado. Contaremos los latidos acelerados del corazón de pizarra. Así que, como
siempre… ¡Viva agosto! ¡Vivan las fiestas de la Virgen! y ¡Viva Migueláñez!
Emocionante como todos tus escritos. Un beso, Jesús.
ResponderEliminarMe parece más emocionante leer lo que me pones. Beso devuelto, Isolda
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