POEMAS SOBRE EL PUENTE
El pueblo de Martín Muñoz convoca cada año un recital abierto junto a un puente. Los temas propuestos se refieren a la naturaleza. Una buena excusa para reflexionar sobre lo que muere para renacer, como el mito de Proserpina, que, tras abandonar a su suerte en otoño a la teirra (que muere por su ausencia) retorna cada primavera para devolverla a la vida.
EL RETORNO DE PROSERPINA
Tal vez entonces, tal vez hoy mismo,
La vida rebrota fugaz como un sueño.
Entre ráfagas de agua
Y de fuego
Se desploma por su peso el abismo líquido
De la cúpula del firmamento.
La vida se abre camino, la lava es semilla
Desbordante en el cauce reseco…
Gota
A
Gota,
La madre abre su fecundo seno
Y yo soy el agua que se filtra entre sus llagas,
-Las llagas del cielo y del infierno-
Intrusa en el alma de la acacia
Espinosa del desierto.
Y yo soy un solitario vencejo
Que atraviesa las arcadas
De granizo ceniciento.
Yo, yo, que apacigüé volcanes,
Violentaré deshielos
Año tras año,
tras año,
tras año,
Con tal de seguir viviendo
Entre las venas y la hierba,
Como lágrimas del suelo,
Como el rocío salado en el mar de tus ojos,
Como el polen que esparce el viento
Entre aguijones alados
Y caparazones de insectos.
Y es que la vida es retornar cada primavera,
Vivir,
revivir,
revivir de nuevo.
Bien lo sé:
Para vivir solo es preciso seguir viviendo,
Como los juncos de los humedales,
Sin nombre, sin alma y sin cuerpo…
Porque yo nazco si tú naces
Y tú mueres si yo muero.
LA
VOLUNTAD DE LA TIERRA
Queremos que se cumpla la voluntad de la tierra,
que da sus frutos para todos. (F. García Lorca)
Surco a surco
abriré los caminos al horizonte,
bucearé en la tierra buscando un rumbo,
beberé agua salada de tu frente
porque la nueva herida se prolongue.
Y, surco a surco, se hinchará mi vientre,
encontraré la fuente de la vida,
explotaré mi estrecha celda oval,
levantaré mis manos amarillas
hacia el aire, hacia la libertad,
hacia el cielo profundo…
Surco a surco
se teñirán de granos y de espigas
los vientos, los mares, los oleajes,
el océano seco de Castilla.
Reviviremos pasado y futuro,
embarcados para el último viaje
al horno vivo, al fuego y la semilla,
abrasados, repletos de ceniza.
Y el pan, de mano en mano, surco a surco
y tu boca, arropada por el mundo,
entre dientes y labios.
Porque para todos daré mis frutos,
Pasa
el tiempo y acaba pronto la primavera,
Aquel sonido crece y se agitan los ecos
Informes que me ocupan y, sin pudor, se
adueñan
De hasta el último poro olvidado de mi
cuerpo.
Recuerdo otros rumores más claros en la
huerta;
Aún me conmovían, quizá eran otros tiempos
Envueltos entre nubes de trinos y
trompetas.
Yo entonces lo escuché, resonaba por
dentro.
Después,
cuando el verano reseca algunas hojas,
La ausencia y el pasado son ecos que
germinan;
Son caminos, refugios con árboles y
sombras,
Con voces que saludan y largas despedidas,
Los nombres de la gente que alguna vez
nombré,
Los ojos que me vieron -sus bocas, sus
sonrisas-,
Las manos que toqué y el olor de su piel…
Su voz y su silueta se hicieron melodía.
Los
jardines de otoño tienen otros caprichos,
El estruendo convoca todo lo que perdimos,
Lo que ahora nos falta, lo que sólo es
ausencia,
Desear que enmudezcan esas viejas sirenas.
Sus canciones podrían quebrar un corazón,
Rompiendo sus tejidos, veloces como
flechas;
Ojalá el corazón no escuchara su voz
Tan peligrosamente, tan demasiado cerca.
Asoman
las raíces heladas del invierno,
La sonora memoria que fluye entre la savia.
Inmóvil, como un tronco anclado en el alcorque,
A tantos a quien quise descubro en el
concierto.
Estaban esperando, sin hojas, pero firmes:
Soy árbol, soy raíces, soy ramas, soy
recuerdos.
A veces son los cuerpos los que habitan el
alma,
Porque ella era la música y la música son ellos.
Una vez fui un niño en las eras.
Era verano.
Junto la casa de los abuelos
había un mar empedrado
y un frágil tablón que navegaba
remolcado por pequeños hipocampos.
Yo era un hijo del baby-boom,
un niño de ciudad predestinado
a navegar ese día sobre un trillo,
suelo de madera, vientre de cantos.
Cuando faltó la abuela
los veranos en el pueblo terminaron.
Pero ella sigue allí,
trillando,
sonriendo al niño que fui yo
agarrado a su mano,
dibujando una eterna silueta
sobre la eras del verano.
Para vivir solo es preciso seguir viviendo,
Como los juncos de los humedales,
Sin nombre, sin alma y sin cuerpo…
Porque yo nazco si tú naces
Y tú mueres si yo muero.