Mostrando entradas con la etiqueta Eclipse. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eclipse. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de septiembre de 2026

ECLIPSE

 ECLIPSE

En 2026, durante un minuto, pareció que el mundo se hubiera paralizado: un eclipse total de sol fue visible en Segovia. El Ayuntamiento convocó a presenciar el proceso (una hora, aproximadamente) desde el Enlosado de la catedral acompañado de música. Geni, el músico que diseñó y compuso la parte musical, me propuso escribir algún verso que enlazara distintas partes. Le envié tres poemas que intentan asociar la luz con la humanidad con la invitación a que modificara, suprimiera, añadiera o alterase el orden a su gusto.  El rpimero se leyó íntegramente, el segundo, en parte y el tercero fue dsescartado.

Solo me cabe recordar que fue un honor hacerlo. Y ahí los dejo.



ECLIPSE I:  LA LUZ

 


No os extrañe si os digo

que yo soy a la vez

el resplandor y el eclipse.

 

Os conocí el primer día del mundo,

la primera mañana del mundo,

el primer instante en la historia del mundo.

Vuestro hogar estaba entre huracanes y fluidos,

himnos, tambores, algarabías y plegarias.

Nada más había, porque nada más hay si no hay luz.

 

Entonces, vuestros hechiceros, sin conocerme,

invocaron mi presencia

ignorantes de que serían escuchados.

 

Yo hice de vuestra tierra un oasis luminoso

en medio de la oscuridad del universo,

una tierra de aromas, volúmenes, sabores y canciones

que por fin tenían nombre y forma.

Yo fui el mago que pintó el mundo en tres colores,

el brillante azul del agua,

el amarillento caparazón del trigo

y el rojo sangrante del atardecer celeste.

 

Vosotros os postrabais ante los discos remotos,

el anillo de fuego y el tenue círculo de leche,

que llamabais sol y luna, sin comprender

que eran los dos lados de la misma moneda.

Porque yo soy la luz, la magia de la vida,

la llave oculta de todas la puertas imaginadas

y son mis dos manos la luna y el sol

cuando se cruzan al alba.

 

He sentido vuestros espíritus a mi alrededor.

Me pedís el prodigio imposible: hacerme eterno.

Sin saberlo, estáis pidiéndome que muera,

porque nada hay eterno sino la muerte.

 

Vosotros encendéis espadas de fuego para combatir la noche

confundiendo la oscuridad con el vacío.

Y yo, en días como hoy, me dejo morir un breve instante,

me diluyo en el cielo y os veo tan remotos,

tan frágiles, tan aturdidos…

 

Aun así seguiré flotando entre vosotros

convertido en un sueño, para que sepáis

que el cielo sigue allí esperando los conjuros que,

a mi inmediato retorno,

harán renacer el color y la esperanza.

 

Y yo, después, os seguiré protegiendo,

invisible

hasta mi próximo eclipse. 



ECLIPSE II:   EL MIEDO




 A veces, la oscuridad confunde el horario,

oculta por error la luz durante las horas del día

y un eclipse de sol eclipsa los corazones.

 

El miedo a lo desconocido convive con nosotros.

Nuestros antepasados, pueblos altivos,

se acurrucaron como niños abandonados en la cueva

donde rugen los monstruos de los peores sueños.

 

Entonces hablaron los augures de gesto torvo y dijeron

que un jaguar celeste había clavado sus garras en el sol.

 

Que el rey sol había perdido su agua  

y desecaría muchos cuerpos para recobrar su volumen. 

 

Que el cielo lloraría sobre la tierra

y sus lágrimas serían piedras afiladas.

 

Que el pueblo debía ocultar sus viandas porque,

expuestas a la oscuridad, se vuelven impuras y ponzoñosas.

 

Que las mujeres preñadas que rascaran su vientre

parirían un bebé con la piel canela podrida.

 

Que las mujeres preñadas que mirasen el eclipse

parirían bebés infames, con el labio leporino.

 

Que los pueblos habían de postrarse ante los astros

para evitar que el sol muriera para siempre…

 

 

Eso decían los augures,

esos hombres funestos de gesto torvo,

que siempre anunciaban males

a nuestros antepasados.

 

Os dejo ahora mi mensaje de náufrago superviviente:

Nunca, nunca jamás creí en los augures.



ECLIPSE III : LA SOLEDAD 




                                      ELLA

Nos conocimos el primer día del mundo,

la primera mañana del mundo,

el primer instante en la historia del mundo.

Allí estábamos, postrados ante el fuego,

tú y yo, adorando el dorado disco remoto,

absortos ante el azul del mediodía y el ocaso bermejo,

protegidos de la soledad por un escudo que alguien, una vez,

decidió llamar amor a falta de otra palabra aguda.

                                   ÉL

Recorrimos la ribera, plantamos nuestra tienda

en un oasis llamado Juventud,

un oasis creado por nosotros para nosotros,

una tierra de aromas y verdor cuyos límites desconocíamos.

A veces llegué a temer que éramos dos intrusos

y nuestro hogar estaba en las dunas remotas

desde donde en ocasiones oíamos himnos,

tambores de guerra, clarines confusos.

                                 ELLA

El segundo día ya nos conocíamos desde siempre.

Jugábamos a imaginar tierras áridas.

Y supimos que otras gentes habían abandonado el paraíso

buscando acomodo bajo tejas protectoras.

Algunos confundieron el amor con la tierra conquistada,

plantaban su bandera en la puerta de casa

y exigían vasallaje desde las uñas de los dedos

hasta el último pensamiento inconfesable.

                             ÉL

El tercer día salimos a conocer el mundo

y, cuando quisimos retornar,

una espada de fuego nos impedía el paso.

Así supimos que, aunque nosotros lo añorásemos,

el Edén no nos necesitaba.

                         ELLA

Pero mirando la espada de fuego descubrimos

la magia, la llave oculta de la puerta imaginaria.

El paraíso no era un lugar señalado,

porque en cualquier lugar del mundo

el cielo sigue intensamente vivo

y brilla el sol después de cada eclipse

y siguen brillando en su manto estrellas misteriosas.


            ÉL

El paraíso no es un lugar, sino todos los lugares,

está en cualquier lugar, en cualquier tiempo

donde tú habites, eternamente joven, como entonces,

como el primer día del mundo, reluciendo en el fuego.