miércoles, 26 de mayo de 2021

TROYA CONFINADA DE NUEVO

TROYA CONFINADA DE NUEVO


Modding Total War on Twitter: "Nuevas fotos del Troy Total War… "
El año 2020 transformó nuestra vida en algo nuevo. U n nuevo virus invadía el aire y la soledad y el temor a lo desconocido se adueñó de nuestras conciencias. Encerrados en nuestras casas y en nuestras ciudades, oíamos los partes diarios de bajas, como si una nueva guerra nos asolara. En cierto modo, así era. Unos debían sacrificarse por otros, es ley de vida. No todos hemos sobrevivido, pero las huellas quedarán dentro.

 No pude evitar el recuerdo de La Iliada, con el pueblo troyano encerrado tras los muros, asediados por la fuerza destructora irracional de los aqueos, dirigidos por héroes monstruosos carentes de conciencia, como Aquiles o Agamenón. En uno de mis paseos en torno a la muralla de Segovia, nació este poema.

 

     El primer combate entre aqueos y troyanos fue seguido de una tregua, que duró algún tiempo. […] Los troyanos se contentaron durante todo este periodo en guardar sus murallas.

Ovidio: Las Metamorfosis. (Libro XII)

 

INTRAMUROS  

 

Nadie sabe cuánto dura la paz,

Nadie desea llevar esa cuenta

Cuando es feraz la tierra, cuando engorda

El ganado, los hijos crecen sanos

Y, en busca de cobijo y de trabajo,

Otros pueblos llaman a nuestras puertas.

 

Por eso desoímos los oráculos:

“Cámbiese bronce por hierro, construyan

Los herreros armaduras más sólidas,

Cubran cada rincón los centinelas,

Abunden lechos para los dañados

Y ábranse fosas para los difuntos”.

 

“Una plaga de guerreros sin alma

Surca el Egeo asolando las islas,

Las naves envían heraldos negros,

Mensajeros que exigen sacrificios.”

Los dioses nos cegaron y cubrieron

Nuestros tímpanos con barro y con cera.

 

Al otro lado de remotos mares

Gemían las ciudades asoladas,

Los graneros sin grano, los hogares

Sin paredes, torturados los presos...

Algunos huyen del nido arrasado

Para hacinarse en refugios infames.

 

Ahora el invasor nos ha cercado,

Saetas incendiarias oscurecen

El cielo y crepita el fuego impuro.

Es tarde para lamer las heridas

Cuando la noche y el día se funden.

Triunfan el miedo, el dolor y el silencio.

 

Fiamos nuestra vida a los candados,

Cerramos las tabernas, la academia,

El ágora, los templos de los dioses,

Las bocas de los hombres, los estadios

De los atletas. Troya ya no es Troya.

Troya es un desierto de mascarillas.

    

 






I.                    HELENA SE DESPIDE DEL PRÍNCIPE PARIS

 

Bésame, aunque las bocas

No deben tocarse en Troya.

Todos cubren el rostro de la corrupción

Que envenena el aire.

La ciudad está cerrada y las naves

No nos dejan llegar al mar.

 

Bésame para sentir la vida,

Nadie me mira, como si la mascarilla

Convirtiera en vulgar el rostro

De quien fue proclamada la más bella.

 

Bésame en la distancia,

Mientras los anticuerpos en enfundan

En corazas endebles, mientras los centinelas

Hacen el saludo militar a su reina.

 

Bésame, príncipe maldito,

Aunque yo trajera la desdicha a la inmortal Troya,

Aunque hoy el centinela, sobre la mascarilla de la infamia,

Me ha escupido con los ojos.

 

 

 

 

II.                  ANDRÓMACA SE DESPIDE DEL PRÍNCIPE HÉCTOR

 

Cuando los hambrientos no quieran comer,

Cuando los amantes esquiven el lecho de amor,

Cuando los centinelas pierdan la vista,

Cuando los vagabundos dejen de caminar,

Cuando los suicidas abandonen el cianuro,

Cuando las calles no conduzcan a ningún lugar,

Entonces Troya esconderá sus cúpulas bajo la nieve

Y exigirá nuevos sacrificios

A quienes nada tienen.

 

III.                TOQUE DE QUEDA

 

Ya no hay escaparates ni nadie que los mire,

La tarde hace invisible las luces del desierto

Y un fondo de tristeza dice a las ambulancias

Que el otoño ha dañado el árbol de la vida.

 

En calles solitarias retornas a ti mismo,

El frío que te habita dibuja soledades,

Intuyes el valor de las pequeñas cosas:

Una simple mirada, una voz, un recuerdo.

 

Detrás de los cristales apenas queda nada,

Mostradores que exhiben una capa de polvo,

Esquelas solitarias en locales vetustos

Anuncian que se vende, se traspasa o se alquila.

 

Te cruzas en la calle vacía con un rostro,

Apenas reconoces los ojos que te miran,

Sui tímida mirada esboza una sonrisa.

“Te vendo mi tristeza” murmuras tras la máscara.

 

Se diluyen recuerdos, tus padres que se fueron;

Tus hijos encerrados en murallas lejanas.

De golpe has descubierto que Troya era mortal

Y ya no quedan rastros de héroes legendarios.

 

Tropiezas con los muros de la firme muralla,

Asciendes la atalaya, divisas los aqueos.

Tú querías saber cuánto vale una vida.

Ni siquiera te miran. Es el toque de queda.




 



jueves, 29 de abril de 2021

UN CUENTO INACABADO: SEGOVIA COMUNERA

                UN CUENTO INACABADO: SEGOVIA COMUNERA 

Quién destruyó la catedral vieja de Segovia? | Acueducto2


Recientemente se publicó mi novela "Un mal que cien años dure". Como dice su nombre, la acción transcurre durante 100 años, más o menos el tiempo en que tardó en construirse la catedral, destruida la antigua en la reyerta. Hace ahora 500 años de aquella curiosa revolución, tan difícil de clasificar y tan manipulada por unos y otros. En recuerdo de la misma, incorporo aquí el capítulo que relata el momento final de la revuelta en Segovia.

 


1521

 

El palacio, situado en la zona alta del barrio más noble de Segovia, lo habían habitado durante algún tiempo los reyes de Castilla. Recientemente había sido malvendido por la reina Isabel dividido en tres partes, una de las cuales compraron la familia Mercado y Peñalosa. La reina mostró siempre un indisimulado desprecio por cuanto tuviera relación con su difunto hermano Enrique y malvendió sus propiedades, su honor y hasta su historia. Era un palacio extenso y hermoso, lleno de patios con arcos de ladrillo, puertas con adornos arábigos, y escudos reales y nobiliarios en las fachadas de granito.

La poderosa familia Peñalosa había mantenido un discreto silencio durante la revuelta comunera, haciendo gala de templanza y ofreciendo comida a menesterosos que llamaban a su puerta. No esperaban que apareciera el comendador don Rodrigo Peñalosa. El ilustre militar había estado ausente de Segovia un tiempo, realizando tareas secretas para al César en Valencia, pero harto del calor del verano y la humedad de todo el año, había decidido retirarse a descansar en su tierra, donde contaba con un ala del antiguo palacio del rey.

La sorpresa fue mayúscula cuando descubrió que huía del fuego para caer en las brasas. Lo último que esperaba era encontrar la apacible Segovia convertida en un avispero, peor que las germanías de Levante. Él era más propicio a la alta política, las guerras donde se jugaba la grandeza del imperio. Siempre pensó que con él no rezaban estas algaradas intestinas de las comunidades. Pero la sangre hirviente del guerrero fue más poderosa y decidió mostrar su aplomo en la ciudad levantisca.

Llevaba unos días exhibiéndose a caballo con sus escoltas y cumpliendo las órdenes secretas que llegaban de la corte. Había de imponer orden a unos vecinos endurecidos por la costumbre de la violencia y las humillaciones. Fueron días delicados, en los que llegaron noticias de la derrota comunera en Villalar y la ejecución de sus principales dirigentes.

En la puerta del palacio hubo aquel día enfrentamientos armados que ningún regidor ahorcado, ni alguacil desaparecido, ni caballero escondido podía sofocar. Las calles estaban llenas de piedras y ladrillos, ventanas rotas que delataban una casa saqueada y manchones de sangre por las paredes y el suelo. Abrió solemnemente la puerta, ensilló la montura e hizo una seña a sus hombres para que le escoltasen.

-Tal vez hoy tengamos que desempolvar las armas.

La ciudad arrastraba tal reguero de rencores que cualquier chispa podía derivar en incendio. Y la chispa prendió a la llegada del cadáver decapitado de don Juan Bravo. En tiempos de paz fue un caballero que tuvo el acierto de casarse con María, nieta de don Fernando Núñez Coronel, antes Abraham Seneor. Se decía que fue tan querido por la reina Isabel que solo faltó coserle un prepucio nuevo como regalo de su bautismo forzoso. Las dotes naturales de Bravo y el dinero del suegro dirigieron la revolución y gobernaron una ciudad asediada desde fuera por tropas imperiales y, desde dentro, por la soldadesca del alcázar.

Don Rodrigo se proponía llegar a la ciudadela donde se asentaban el alcázar, el palacio episcopal, la catedral y unas casas adosadas. Le convenía que nadie supiera que él en persona había llevado el cadáver de Juan Bravo hasta Muñoveros para enterrarlo. Montado en su caballo, contemplaba la plaza lindera al Barrio Nuevo, donde se alzaba aún a duras penas la iglesia de San Miguel. Hacía algún tiempo que no se celebraba el mercado; lo único que les sobraba a los hortelanos era hambre y eso ni se vende ni se compra.

De la plaza de San Miguel bajó a la Claustra, el barrio de los codiciosos canónigos, siempre prestos a disputar cada rincón próximo a la catedral. La canonjía comenzaba en la puerta de San Andrés, pero se había roto su aislamiento y el gentío cruzaba libremente por debajo del arco. Los escoltas acercaron sus caballos para despejar el paso; uno contenía a la multitud, el otro volvió hasta el rincón donde esperaba don Rodrigo.

-Señor, han arrancado las puertas. La Claustra ha quedado franca para todo el mundo y algunos asaltan las casas vacías. Hay una reyerta en la parte baja entre dos grupos de saqueadores que se a tablonazos con las puertas arrancadas.

El hueco que dejaba el arco ofrecía una extraña imagen, como si la ciudad fuera un camino libre para recorrer intramuros desde el acueducto hasta el alcázar. Tres puertas habían custodiado durante siglos el barrio. Las tres habían sido arrancadas y la gente se amontonaba sin orden. Don Rodrigo hizo un gesto y los escoltas echaron mano a la espada. La mayoría de los palacetes de la Claustra conservaban aún el portón con el candado echado; tal vez se ocultaba allí algún fugitivo, tal vez el canónigo de turno había huido a algún pueblo seguro.

Al paso del comendador, los saqueadores se apartaban de mala gana. Don Rodrigo reconoció en el grupo a algunos soldados imperiales y gritó espada en mano:

-¿No deberíais estar protegiendo la ciudad en vez de arrasarla?

Los soldados salieron corriendo en dirección contraria. Tentado estuvo de seguirlos, pero prefirió cumplir su propósito inicial. El lamentable estado en que había quedado la iglesia mayor de Santa María, arrasada por los artilleros del Alcázar, favorecía sus planes. Nada une a una ciudad como la construcción de una iglesia enorme de la que presumir. Lo habían deslumbrado las de Sevilla y Toledo, y sabía que proyectaban obras en Granada y Córdoba, para hacer olvidar las mezquitas. Pero ahora los comuneros habían sustituido a los moros, y qué mejor que una iglesia mayor grandiosa para zurcir una ciudad rasgada.

Los imperiales no tuvieron miramientos cuando los comuneros se refugiaron en el templo. No hay mal que por bien no venga, la vieja Santa María siempre le pareció poco vistosa. No era mucho más grande que San Millán de los Caballeros y apenas podía verse desde lejos. Para hacer de Segovia la ciudad que soñaba, debía tener el templo más grande y hermoso, en el lugar más alto de la ciudad y con la torre más alta de toda Castilla.

Entró en la ciudadela cruzando el arco hueco, al final de la Claustra. El caserío se veía arrasado, la catedral estaba rodeada de un cementerio de cascotes y paredes que milagrosamente aún seguían en pie. Don Rodrigo intentaba en vano distinguir entre el polvo alguna cara conocida. Los soldados, tras el largo encierro en el alcázar, habían decidido tomarse la revancha y abandonaban el castillo convertidos en hordas de salvajes decididos a destruir lo que se pusiera por delante.

Don Rodrigo tenía amigos entre los comuneros, a pesar de su simpatía por el emperador. Por motivos prácticos y de conciencia deseaba evitar que la barbarie de los realistas convirtiera el barrio de los canónigos y la antigua judería en una colina de cascotes.

-El arma del verdugo en Villalar no solo dejó sin cabeza a Juan Bravo, sino a todas sus gentes de Segovia –se dijo, mirando con amargura la torre desde donde partieron los proyectiles-. Son malas las guerras… Solo hay algo tan terrible como ser derrotado y es vencer cuando no sabes contener tu crueldad.

El Barrio Nuevo había sido hasta medio siglo antes la bulliciosa aljama hebrea. Ahora contenía una masa informe para quien raptar mujeres, destruir muebles y robar joyas parecía una tarea cotidiana. La suciedad, el humo y las piedras se adueñaban del barrio y había sido desterrada la compasión a la par que el enemigo. Grupos de hombres envenenados por la violencia recorrían la antigua judería, sin que fuera fácil saber a quién habían apoyado durante la guerra, si es que apoyaron a alguien.

Todos fingían llevar a cabo la justa ira de los vencedores y profanaban las fachadas picando los blasones de los comuneros para humillar a su familia. A cada escudo decían que fue comunero o judío o, seguramente, ambas cosas. Un hombre con cara de odio acechaba la casa de don Diego Fernández Laguna, el médico, amenazando a una niña de unos diez años con una espada.

-Si tocas a esa niña, o esa puerta, o una sola piedra, la guerra de las comunidades tendrá que añadir un muerto más a la lista –dijo don Rodrigo, que lo vio desde lejos.

El malencarado huyó lanzando maldiciones. En medio de la polvareda, la niña cojeó. Aun hecho jirones, el vestido que la cubría delataba cierta calidad.

-¿Por qué estás sola?

-Mi casa estaba frente a la catedral y se hundió la pared. Mi madre falta desde antes de ayer. Busco a mi amigo Andrés, el hijo de don Diego. Sus padres son buenos.

La miró detenidamente. Era urgente ponerla a salvo y darle de comer. Estaba sola.

-¿Sabes que siempre quise tener una hija que tuviera exactamente la misma cara que tienes tú? Seguro que no has comido -la niña negó con la cabeza.- ¿Cómo te llamas? –La niña no contestó.- ¿Te parece bien si te llamo Juana? Es nombre de reinas, siempre quise tener una hija que tuviera nombre de reina. –La niña sonrió- ¿Quieres subir conmigo en el caballo?

La niña asintió con la cabeza. Don Rodrigo, sin descabalgar, la alzó y la colocó ante su pecho, sujetándola con una mano. No necesitaba preguntar más. Hizo un gesto a los escoltas.

-Sujétate con fuerza, Juana. Verás que montar a caballo no es difícil.

domingo, 24 de mayo de 2020

LOS HÉROES TAMBIÉN PUEDEN CANSARSE


LOS HÉROES TAMBIÉN PUEDEN CANSARSE


JUBILACIÓN DEL MINOTAURO SEXAGENARIO

Todo laberinto esconde en sus tripas
un Minotauro aburrido que busca
sueños nunca soñados,
cazadores de cucos de reloj,
cántaros rotos por lecheras tristes
y algún escenario de cartón piedra.

Todo laberinto esconde en un rincón oculto
banderas que ya a nadie representan,
dolores que dejaron de doler,
manjares olvidados en el congelador
y un corazón que una vez se quebró
y, en mala o buena hora, fue cambiado.

Lo que se echa en falta en los laberintos
son cajas de herramientas y libros de instrucciones.
Con todo, no hay mal que por bien no venga:
¿de qué sirve saber antes de tiempo
que también es mortal el Minotauro?

Mejor será dejarlo libre ahora,
echar la llave de una vez por todas
y marcharse sin hacer aspavientos.








ERRANTE COMO ULISES

                                    A Bahia, poeta enorme, cantor del Sahara traicionado.
               
Aunque se habite en una casa opulenta pero lejana, en país extraño, no hay cosa más dulce que la patria. (Odisea, Canto IX)

No te vayas. En homenaje a Munina — Generación de la Amistad ...
No todos los desiertos se ajustan a la norma
Y no hay ningún manual para salir airoso
Cuando uno es arrojado sin previo aviso
Y el destino final es la noche profunda.

No es bueno recorrer el desierto descalzo,
Solamente al amparo de la arena y el viento.
Hay quien tiene esperanzas de encontrar un oasis,
Compañeros de ruta visionarios, felices.

No podré saber nunca si existía un camino,
Una estrella fugaz, una señal piadosa,
O, al menos, el reflejo de una luz intuida,
Una brújula mágica, un remoto refugio.

No siempre es deseable negar la soledad,
Una vez y otra vez nos despierta la vida
Y, aunque ya no nos duelan, sentir las cicatrices
Del recuerdo que deja conocer los infiernos.

Y es tan dura la noche como breve es el día,
Dormir para volver al punto de partida.
Recubierto de herrumbre, errante como Ulises,
Solo pido un rincón y una noche discreta.