martes, 16 de junio de 2015

Sáhara en el corazón.

EL HONOR DE LOS HERIDOS
    
Dedicado a la honrosa lucha del pueblo saharaui y a cuantos otros pueblos fueron heridos y maltratados por la mano de los poderosos. Como en una maldición bíblica, los españoles nos hicimos responsables de la espada de fuego que les negaba el retorno:
     Expulsó al hombre; y al este del jardín del Edén puso ángeles, con una espada encendida que giraba en todas las direcciones, para guardar el camino del árbol de la vida. (Génesis, 3:24)



No olvides nunca la espada de fuego,
el alambre ardiente de la muralla,
la infame cicatriz, la oscura raya
que rasga los caminos del desierto.

Recuerda pagar cada grano reseco
de arena y -al precio del oro- el agua
que llores por cada gota que extraigas
de los hondos abismos del infierno.

Recuerda que te impuse un cielo
tan alto que no alzaras la mirada
y el horizonte alejó la distancia
que separa las almas de los cuerpos.

Recuerda que fui tu ángel perverso,
que te di una incompetente madrastra,
que te explusé del mar y hollé tu casa
y anegué los caminos del destierro.

                  ***

A cambio, hijo mío, te di el orgullo,
porque no renunciaras a tu altura.
Recuérdalo siempre, la tierra es tuya;
el aire, el fuego y el honor son tuyos.









ERRANTES

  Víctimas, que no vencidos,
errantes, pero no esclavos;
como equipaje, la afrenta;
la tierra como pecado;
la soberbia, como casa;
la impotencia como manos:

  Había hierba, y un cielo
conocido y estrellado,
un camino, unas raíces,
una sombra, un viejo árbol.
Y yo era el tronco y las ramas,
yo era las hojas y el barro,
la corteza y esa savia
con que yo fui maleado
por el viento y por los ríos;
dime, aquí fui empujado,
dime, otra luz, más estrellas,
otras aguas y remansos,
el brillo de otros metales;
dime, aquí fui marcado
por una puerta cerrada,
cada mañana, un atávico
frío por cada rutina;
dime, aquí fui marcado,
mancillado entre las cejas,
aprisionados los labios.

Siempre una puerta en mis ojos.
Y en cada puerta, un candado.
Y en cada puerta, un guardián.
Dime, aquí fui expatriado.

lunes, 20 de abril de 2015

EL VUELO DE ÍCARO


MÁS ALLÁ DEL CIELO



Ir a beber la sangre de la brutal sangría
Del sol en el azul, donde dicen que Angra
Maino indolentemente mira que se desangra.
Ir más allá del sol y el azul todavía.
(Ezequiel Martínez Estrada)

No malgastes el tiempo
Contando gaviotas. Airea el alma
Y despliega tus alas
Antes que la pereza
Te encadene a la tierra para siempre.

No te hagas ilusiones
Y no prestes oído a los patriotas
Cegados por los himnos.
Ya conoces la ley,
Nadie está libre de ser inmolado.

Aunque de ti se burlen,
Lánzate a volar más allá del cielo;
Mejor libre, insepulto en el vacío,
Que inmortal entre ruinas,
En la eterna noche que oculta al monstruo,
Absorbiendo el dolor insoportable
Del último sacrificio.

Vuela buscando el sol
Y no aceptes conformarte con menos.
Que su luz te deslumbre,
Que su fuego te queme
Hasta fundir la cera de tu espalda.

Deshazte de mi herencia:
Yo solo supe darte un laberinto.
Y ahora, por si acaso,
Desconfía de mí,

Tu limitado y torpe padre. Dédalo.

jueves, 2 de abril de 2015

DEL PARAÍSO Y OTROS RECUERDOS

DEL PARAÍSO Y OTROS RECUERDOS

Era el primer día del mundo,
La primera mañana del mundo,
El primer instante en la historia del mundo.
Allí estábamos, postrados ante el fuego,
Vos y yo,
Adorando el dorado disco remoto,
Absortos ante el azul del mediodía
Y el ocaso bermejo, protegidos
De la soledad absoluta que nos rodeaba
Con un escudo que, alguna vez,
Ha sido llamado amor
A falta de otra palabra más aguda.

Recorrimos la ribera, plantamos nuestra tienda
En un lugar llamado Juventud,
Era un fértil oasis creado por nosotros para nosotros,
Una tierra de aromas y verdor
Cuyos límites no nos cuestionábamos.

Aún no sabíamos qué cosa era la nostalgia.
A veces llegué a temer que
Éramos dos intrusos en el paraíso,
Y nuestro hogar estaba
Más allá de setos y acequias,
En las dunas remotas que divisábamos,
Desde donde a veces oíamos himnos,
Tambores de guerra, clarines confusos.
Y había, suponíamos, otros seres semejantes a nosotros,
Pero que ya sabían qué era despedirse de los hijos.

Al segundo día ya nos conocíamos desde siempre.
Jugábamos a adentrarnos en tierras
Áridas. Y allí mismo conocimos
Otras gentes que, como nosotros,
Habían salido temporalmente del paraíso.
Algunos no regresaban, buscaban
Acomodo en oasis cubiertos de tejas prefabricadas,
Se sentían protegidos por el fragor de clarines y tambores,
Paseos, desfiles y el vapor del los electrodomésticos.
Algunos confundían el amor con tierra conquistada,
Plantaban su bandera en la puerta de casa
Y exigían juramento de vasallaje
Desde las uñas de los dedos
Hasta el último pensamiento inconfesable.

Fue al tercer día cuando, tras salir de nuevo,
Quisimos regresar al Edén
Y descubrimos la puerta cerrada.
Una espada de fuego nos impedía el paso.
Y descubrimos que, aunque nosotros añorábamos el Paraíso,
Él no nos necesitaba, porque siempre encontraba
Inocentes que lo ocuparan por un tiempo.
Y la humanidad acogió nuestros cuerpos
Cansados, en lugares comunes,
Pisando un suelo de tierras hormigonadas,

Lo sé, el paraíso era allá donde vos habitasteis,
Joven, como yo mismo por entonces.
Pero tal vez, un oasis nos sobreviva.
Por eso y porque el cielo sigue intensamente vivo,
Y brillan en su manto estrellas misteriosas,
Casi ocultas por el humo y la distancia,
Ante el espejo, pregunto a mi rostro, viejo conocido,
Si aún existirá en algún lugar remoto
Aquel viejo paraíso en que vivimos alguna vez

Nosotros, vos y yo
con la misma mirada de entonces.


VIVIR A PLAZOS

Es curioso encontrarse con la título de familia numerosa de tu abuelo, cuando uno no existía ni remotamente en el pensamiento de los que te miran de frente. Cuando tu abuelo es más joven que tú mismo o tu madre es una niña que aún no tiene nada que olvidar.



No se trata de malgastar la arena de los relojes
Ni deshacerse violentamente del canto del cuco;
Simplemente, pienso
Que tal vez hubiera sido preferible
Ocultar esos trinos bajo la alfombra
Y renunciar a algunos granos del pasado arenoso
Y obtener, a cambio del olvido,
Algún provecho de la experiencia.

Quizá no fuera mala idea, para empezar,
Romper el espejo,
O arrojar las queridas fotos en blanco y negro
Al foso del castillo, donde un niño
(cuesta decirlo) apocado, abstraído y torpe
Fabula un refugio entre las islas de Utopía y Nunca Jamás.
O crear, aunque fuera unos segundos,
Un rincón oculto a miradas indiscretas
En el zaguán del Expreso de Shangai,
El tren de la bruja en cuya terrible careta verde
Nació el temor a afrontar el futuro.

            Tampoco estaría mal, a ratos,
Jugar con los equívocos:
Ser yo o tú, o ambos a la vez o alternativamente,
Fingir haber nacido en el Río de la Plata
Para llamarnos de “vos” sin complejos
Y decir: “yo soy vos”, “vos y yo miramos el horizonte”
Y arrojarse a un mundo que quedó atrás,
Acompañar a un hidalgo de los de lanza en astillero
Y gobernar, como una casa en plena mudanza,
La Ínsula de Barataria.

            Tal vez es preferible
Vivir engañado algún tiempo,
Soportar dolorosas sorpresas por hechos consumados
Y no arrastrar una vida surcada de largas incertidumbres.
Y vivir a plazos, no ser requerido por nadie,
O ignorar hasta el propio nombre
Para no mentir cuando se firma un documento…

Y repeinar las últimas canas,
Palparse con la lengua las últimas muelas
E invertir los ojos volviendo, con la última mirada,
La pupila hacia las cuencas,
Vaciar, como en un viejo armario descerrajado,
Los rincones oscuros donde se ocultan
Cobardías, mentiras, errores y vergüenzas;
Librarlo de tendones, músculos, líquidos, células
Y mantener solamente los huesos
Nada más que por guardar la compostura.


            Y lavar la oquedad restante por dentro y por fuera,
Un cuerpo sin aristas y una memoria transparente,
Dejarse arrastrar, libre, por la gélida brisa,
Cruzar a nado la laguna
Y regresar, sin cicatrices, a la pira primitiva
Y evaporarse en el fuego

Sin envilecerlo.

lunes, 23 de marzo de 2015

ALFONSA DE LA TORRE

MUJERES POETAS

En los manuales de literatura hay nombres indiscutibles, a quienes dedican páginas enteras. Luego siguen los que son citados más discretamente (a veces solo el nombre), como esos equipos de fútbol que nunca ganan campeonatos, pero rellenan nóminas. Rosales, Brines, Prados... a quien con tanto gusto releo. O Félix Grande, que me consoló desde sus versos cuando murió mi hermano con 30 años.
Finalmente, están los otros, los que tuvieron la mala suerte de no escribir en el momento adecuado versos que en otra época (o con otra firma o, lo que es peor, con otro sexo) hubieran sido celebrados con laureles y reconocimientos a gran escala. Los gustos aquí difieren, claro está. Y una evidencia: los grandes honores poéticos parecen negarse a las mujeres. En primera fila, en manuales al uso, Rosalía y alguna hispanoamericana -Mistral, Storni, Loynaz... Pero a mí Carmen Conde me atrapó con unas obras completas casi regaladas en El Corte Inglés. Después, como de casualidad me topé con Alfonsa...
Curiosamente, en nuestra Segovia, quizá la figura nativa más personal de la poesía del siglo XX es una cuellarana ignorada. Bienvenidos sea los esfuerzos por recuperar su magia. El poema que incluyo lo escribí para una antología que desea reunir el Ayuntamiento de Cuéllar en honor de su paisana más ilustre, Alfonsa de la Torre. Hay que leerla -a ella, no a mi poesía-, merece la pena.

UNA ALONDRA EN LOS PINARES DE ALFONSA

Y Dios me repetía
 que ese nombre era el mío, 
que me llamaba alondra 
pero yo bien sabía que me llamaba Alfonsa.   
             
                             (Alfonsa de la Torre)



Una mirada se alza
Y atrapa el aire:
Son dos ojos por donde escapa el alma.

Al fondo se divisa una torre sobre el azul,
Y atruena el mar de pinos al alba,
Sobre el castillo, sobre la colina de blanca arena.
Como un mar sin olas rodeando la casa abandonada,
Como una balsa sobre los pinares ebrios de ámbar.

¡Qué brisa de resina, de horizonte, de arcilla,
De torres hundidas en la altura,
De brotes de hierba y de agua!

Y todas las torres se escriben con a,
Con a de altura y arcilla,
Con a de arena arrinconada y de ámbar,
Con a de aire azul y de agua,
Con la a rodeando a AlfonsA
En la ingravidez de su alma
De alondra
Que se alza.


jueves, 4 de septiembre de 2014

FINAL DE JUEGOS

FINAL DE JUEGOS

  Seguramente, otros niños tuvieron otros héroes infantiles. A saber por qué, en mi caso, Ana FranK y Alexis Romanov desplazaron a los hijos del capitán Grant y a Jim Hauwkins, el chico de la isla del tesosoro. 
En la evocación final incluyo una foto de la fachada de la "carcel de ebrios" de Segovia, que tanto me gustaba cuando era niño por su aspecto de palacio misterioso. Su incomprensible derribo reciente me hizo recordar el momento en que perdí el patio donde pasaba las horas muertas en mi infancia.

 ÚLTIMAS PALABRAS DE ANA FRANK

Cuando se fijan tanto en mí, primero me pongo arisca, luego triste y, al final, doy la vuelta al corazón, dejando hacia fuera el lado malo y el bueno hacia adentro, para intentar ser como me gustaría ser de verdad, si no hubiera otra gente en el mundo.


            (Diario de Ana Frank, escrito durante el horrible encierro de una trastienda donde, a pesar de todo, quizá fue feliz durante los últimos meses de su vida, previos a su captura y exterminio en un campo de concentración nazi. La escultura de la fotografía está en Utrech.)

  Suaves nubes, cielos escondidos,
Todo gira ahora en torno a mí;
Líneas en la mano, y un destino
De anillos de nácar y marfil.
Y se abre la puerta en el vacío:
La muerte que grita en el pasillo,
Profanados los viejos altares,
Violados todos los edificios…

  Llega un pistolero de ojos claros,
Firme la mirada, gesto altivo.
Dice: “Señorita, ven conmigo,
Princesa huida del castillo”.
Y una mano blanca escribe a oscuras
Páginas de un libro sin epílogo.
Brilla, solitaria, una columna,
Yo quiero quebrarla con las uñas.

  Una antorcha brilla en un saliente
De la cueva en que ruge el dragón
(Y una niña no puede entenderle)
“Imperio y patria, raza y nación…”

Una puerta cerraba el infierno,
Y quedó, hecha añicos, en el suelo.

No pretendo vivir para siempre.
Sólo quiero llegar con vida hasta la muerte.



ALEXIS ROMANOV DESCANSA EN EKATERINBURG


    Alexis, hemofílico, hijo del poderoso zar Nicolás y previsible heredero del trono de la gran Rusia, iba a cumplir catorce años el 12 de agosto, pero un balazo adelantó su futuro incerto el 17 de julio de 1918. Había sido desheredado poco antes por su padre, su enfermedad no le concedía una esperanza de más de seis años de vida. Ante el avance de la revolución, su familia se había refugiado en Ekaterinburg, donde fueron capturados y ejecutados por un grupo de bolcheviques. Temían que el ejército blanco pudira liberarlos... Al niño tuvieron que sacarlo de la cama, donde convalecía de una herida en la rodilla.


Cuando la bala emprende su camino
no sabe distinguir si, frente a ella,
hay tan sólo unos ojos diminutos,
un niño asustado que desconoce
todo, que no puede entender qué ocurre,
que cambió su caballito de madera
por el bélico relinchar brioso
de la historia.
 Ya no habrá más juguetes,
y no le cantarán las nuevas nanas,
ni le atormentará la oscuridad,
ni esculpirá con nieve de Moscú
ningún fugaz muñeco blanquecino.
  Quedará solamente una descarga,
una colectiva detonación,
un charquito bermellón serpentino.
  La bala no sabe lo que sospechan
esos dedos temblorosos del gatillo:
que un niño vivo no sólo es un niño,
pero que después de abatir el símbolo
sólo queda, tendido, un niño muerto,
eternamente niño, y ya cansado
de mirar un vacío en el futuro.
  ¿Y qué más da si no se hacen las pompas
y si ya no podrá ocupar su hueco
en un impresionante mausoleo?
Perderá la luna, que cada noche
vigila el sueño de todos los niños,
perderá las nevadas de invierno
y el ansioso succionar vasos de agua
después de haber jugado largamente.

  ¿No habrá, como en Blancanieves,
un hombre capaz de hurtar a la historia
el infanticidio? ¿Acaso existen
en los fríos desiertos de Siberia
los siete hospitalarios enanitos?
  Era mentira; murió Blancanieves
y alguien inventó su piadosa fábula.

  Ha llegado la hora del disparo,
                   el tiempo nos dejará un simple niño,
                                                    un niño muerto hundido en la memoria
                               de un resquicio de nieve enrojecido.




EVOCACIÓN



A la derecha, según se salía,
había un patio lleno de hierbajos,
gatos y árboles enfermos, recinto
mágico, yo podía ser Emilio
Salgari, y otras veces yo era Julio
Verne, cualquier niño hubiera podido
crear cualquier cosa, para creerse
cualquier cosa en esos metros cuadrados
que, entonces, nos parecían hectáreas
salvajes, donde se mezclaban selvas
de Tarzán con cabañas canadienses.

  Un día vinieron excavadoras,
mastodontes de metal invencibles
tiraron los árboles, cimentaron
y alzaron otro bloque de seis pisos
adosado al nuestro, admitiré
que fue involuntario aquel homicidio,
ellos no podían saber que en mí
hacían expirar por siempre al niño.

viernes, 15 de agosto de 2014

PREGÓN.


Me propusieron escribir -y leer- el pregón de las fiestas de Migueláñez, el pueblo donde vivieron mis abuelos. Casi sin quererlo, el acto se convirtió para mí en un retorno a mi infancia. Ahí va:


PREGÓN

                En medio de la vieja península Ibérica, sobre un páramo alejado de todos los mares, hay una tierra amarilla y parda, achicharrada por el sol inclemente del verano. A lo lejos, al sur, se intuyen entre brumas las montañas, como una muralla mítica. Es la eterna Castilla, la reluciente y solitaria Castilla.
Un rosario de pueblecitos se confunde con el paisaje. El horizonte recorta las torres de las iglesias entre los tejados que las rodean y, de cerca, los caseríos envueltos en el polvo reseco del camino, parecen animarse por la marcha pausada de un tractor. En lo alto, un cielo intensamente azul casi hace daño a la vista. Son las llanuras despejadas entre el río Duero y la sierra del Guadarrama, recorridas por caminos, carreteras y cauces de riachuelos que dejan de correr tan pronto como acaba el deshielo.
Hace tiempo que el tren no se detiene en esta llanura amarilla. Desmontaron las raíles y travesaños, metal y madera, y dejaron los guijarros que sostenían las vías. Era un camino tortuoso ese que recorría el antiguo tren de Medina, entrelazado un buen trecho con el río Eresma, atravesando secarrales y pinares, puentes y túneles, arcillas y cardos. A su flanco derecho quedaron las viejas estaciones abandonadas, cargadas de melancolía y soledad para no desentonar con el resto del paisaje.
Más allá de las ruinas de las tejeras, las tierras de arcilla rojiza se contaminan de rocas negras y rugosas que afloran desde las entrañas de la tierra. Sobre un cerro se divisa una ruinosa ermita, con las paredes sujetándose en pie de milagro y el tejado en el mayor de los olvidos. Muy cerca, una airosa torre de ladrillo avisa de que ahí mismo hay un pueblo al que no llegaba el tren. El suelo se oscurece, hemos alcanzado la comarca gris de corazón de pizarra.
Pero hoy, como por arte de magia, el suelo ha vibrado de nuevo. Las vías del tren han vuelto a colocarse sobre el lecho de guijarros y rechinan otra vez, machacadas por los antiguos vagones. Pero la locomotora que los mueve es una máquina del tiempo, una moderna máquina del tiempo que deja a un niño en el andén de Ortigosa. A la puerta de la estación pasea un hombre delgado, con la cabeza protegida por una boina negra. Ha traído un carro tirado por una mula. El niño monta en el carro y el viaje se convierte en un sinvivir de baches.
En poco tiempo, llegan al pueblo de destino. Las calles sin asfaltar se abomban porque las rocas de pizarra brotan por cualquier parte, rugosas y negras como los buitres que se posan en San Isidro. Con el movimiento del vehículo, parece ir creciendo la torre de ladrillo, hasta que el hombre de la boina detiene al animal junto a las eras para que baje el niño. El abuelo carga el carro con arena y la vuelca a la puerta de casa; un montón de arena para revolcarse durante todo el verano es por sí mismo un parque de atracciones.
No es el primer verano que el niño viene al pueblo, pero aún siguen sorprendiéndole que las paredes exhiban impúdicas los bloques de pizarra con que fueron construidas. Además, los hombres van a todas partes con boina y chaqueta, las mujeres hablan a la puerta de casa con el mandil atado en la cintura y un pañuelo en la cabeza… Y los chicos pregonan sus méritos de guerra en la última batalla disputada contra el ejército de muchachos de Bernardos.
A diferencia de la ciudad, el niño piensa que las calles son breves y sinuosas, recortadas en infinidad de esquinas que crean la sensación de recorrer un laberinto. Para quien no conozca el pueblo, es difícil llegar a un lugar concreto a la primera. Por ejemplo, la plaza Mayor, en vez de ser el punto en que confluyen las calles, parece haber sido escondida para que los forasteros tengan que dar unas cuantas vueltas hasta encontrarla. Y eso que allí se concentran desde épocas inmemoriales los cuatro poderes del pueblo: la iglesia, el ayuntamiento, el casino y el frontón.
Otra diferencia que encuentra son las puertas, que están partidas en dos por una línea horizontal. En realidad, la parte de arriba casi siempre está abierta, solo protegida por una cortina para que no se caliente el pasillo de entrada. Cuando alguien viene de visita, da una voz, mete la mano para abrir el pestillo de la parte de abajo y entra sin esperar a que alguien conteste. Pero lo que más miedo le da al niño de ciudad es hacer de vientre cuando no tiene a mano una taza de váter, rodeado de gallinas voraces que picotean a su alrededor.
El verano transcurre en la cúpula transparente que detiene el paso del tiempo. A lo largo del día, el niño corretea, aprende a moverse por Peña Mora, asciende a la peña grande y bordea la cueva de la abubilla. Le mandan comprar el pan con una extraña vara llena de muescas y por la tarde merienda una rebanada de pan con chocolate. Un día va al cine para ver “Las campanas de Santa María”; toda la tarde esperando, pero la maldita máquina se negó a funcionar. Adiós cine, adiós chocolate...
Las eras se extienden detrás de la última casa. Como en un cuadro realista del siglo XIX,  una mujer monta en un trillo con el niño. Ni la mujer ni, mucho menos, el niño saben que es el último verano que pasarán juntos. Un cáncer detuvo para siempre a la abuela sobre el trigo y la paja  y a su temprana muerte acabaron mis veranos infantiles en Migueláñez. Pero yo sé que ella sigue allí, protegida por la cúpula, detrás del mulo, cabalgando conmigo sobre la madera curvada del trillo, como en una rudimentaria tabla de surf sobre un mar de piedras aplastadas.
Cada vez que vuelvo a Migueláñez encuentro las mismas calles retorcidas y un laberinto sigue protegiendo la Plaza Mayor. Ahora el asfalto cubre las piedras negras y el polvo; los hombres no llevan boina, las mujeres no se cubren con pañuelos y los pocos niños que quedan firmaron hace tiempo un tratado de paz con Bernardos. Pero todo lo demás sigue igual, como debe seguir todo igual en las tierras de Castilla, tan lejos del mar.
Eso sí, las calles resucitan y seguirán resucitando cada verano. Agosto sirve para eso, para reencontrarse, para vivir y revivir recuerdos de otros agostos bajo la cúpula del cielo azul, de esa luz que hace daño mirar, pero de la que no hay quien escape. También yo quedé encerrado bajo la misma cúpula que todo lo conserva en medio de piedras negras y rugosas, en casa de los abuelos, en el pueblo de corazón de pizarra. Con mi flequillo de cinco años, mis pantalones cortos y las rodillas magulladas de restregarme para subir a la peña grande.
Y como no podía ser menos, agosto llegó de nuevo lleno de magia. Gracias por haberme invitado. Contaremos los latidos acelerados del corazón de pizarra. Así que, como siempre… ¡Viva agosto! ¡Vivan las fiestas de la Virgen! y ¡Viva Migueláñez!

sábado, 10 de mayo de 2014

INTUICIÓN DE CAÍN

EPÍSTOLA INMORAL APÓCRIFA



                               Dirás: "Lo que desprecio he conseguido”
                                   (A. Fernández de Andrada)

No pasa el tiempo en vano, bien lo sabes.
Ya no quieres romper ningún esquema,
Te empuja la corriente. Pues bien, rema,
No esperes gobernar las nuevas naves

Y no fuerces la puerta si no hay llaves.
No hallarás cetro, corona o diadema;
Evita el fuego porque aún quema,
Igual que están volando aún las aves.

La batalla ya no es tuya ni puede
Quedar nada valioso en los rincones
De la trinchera en que fuiste ofendido.

No te engañes, te hicieron daño adrede.
No pidieron perdón, no los perdones.
Insúltalos y otórgate el olvido.






LEON TROTSKY ESPERA A SU ASESINO EN MEXICO

Me veo obligado a escribir estas líneas en la emigración […], mientras mis mejores amigos, que lucharon apasionadamente por ver implantada la república de los soviets, pueblan sus cárceles y sus estepas, presos unos y otros deportados.
                               León Trotsky. Mi vida.

Pocas cosas son seguras;
Sólo los tiranos pueden
Alardear de certezas.
Hoy ha amanecido en México.
Y, estoy seguro, mañana
Habrá amanecido en México.

Mas no puedo dar por hecho
Que estos, mis ojos miopes
No miran su última aurora:
Sólo hace falta un instante
Para morir. Hoy lo sé
Y también sé con certeza
Que moriré pronto en México.

Y si algo me fuera dado,
Tras haber sobrevivido
Muchas, demasiadas veces,
Deseo ver sus pupilas
Por saber, aun cuando sea
Solo un segundo en mi vida
Si existe alguna señal
En los ojos de Caín…
O si, tal como sospecho,
La mirada de Caín
Habita en todos los ojos
De cada hombre del mundo.



SURCOS IMPRESOS


El patriotismo es el último refugio de los canallas.
                                               Samuel Johnson


  A veces resurgen tiempos heroicos,
Largas columnas de hormigas soldado,
Profetas, líderes, agitadores,
Propagandistas de honores y patrias…

Los himnos suenan siempre parecidos
Entre uniformes, desfiles y vítores.
  Una bandera ennoblece una ruina
O colorea un bosque calcinado;
Y a su sombra, zumbidos, fogonazos,
Edificios sin alma, chozas ciegas,
Yelmos rotos y caballos de Troya,
Largos páramos… Y la sed, y el miedo…

  La gloria es así, lujo y sufrimiento,
Clarines y lenguas encadenadas,
Y gurús de la eugenesia al acecho

Y unos niños marcados en su cuna:
A esa edad empezaron a morir.

  Quedan surcos imborrables, impresos
sobre la tierra yerma de su rostro.
Sabemos que así se escribe la historia.

  Algunos han soñado un paraíso.
Que los dioses los maldigan por siempre.






lunes, 24 de marzo de 2014

COMO QUIEN DETUVO EL TIEMPO

UN PATIO EN LA DEHESA

Que la vida iba en serio / uno empieza a comprenderlo más tarde.
(J. Gil de Biedma)




Has vuelto a visitar el patio de la dehesa
(tu infancia son recuerdos de un patio de vecinos),
intuiste un hueco en el viejo muro y, de golpe,
te visten pantalón corto y recto flequillo
y viste el cartel de limitada bienvenida:

               EN ESTE PARAÍSO
               EL COLESTEROL
               ESTÁ MAL VISTO.

Quizá por eso siempre jugaste de portero,
el papelón que honra a los niños gorditos

en el fútbol de barrio.
Nadie te enseñó el Libro
de Instrucciones: No leer, no sufrir, no escribir…
¿Qué más?
                       Chocolate caliente con churros fritos,
primera comunión 
y uniforme marino,
la foto escolar con mapamundi en blanco y negro,
letanía de cabos, golfos, montes y ríos,
maestros de mano larga, los domingos al cine,
biografías de mártires, himnos y catecismos.

Francamente, (discúlpame el juego de palabras)
no aparentas sentir nostalgia de aquel niño.
Cumplir años después
te otorgó un dulce exilio:
felizmente encontraste la serpiente y la fruta.
Comiste. Has amado, has pecado, has vivido.

Vuelvo a ver a menudo el patio en la dehesa.


Desde hace algún tiempo, lo encuentro siempre vacío.