sábado, 18 de julio de 2015

LA ÚLTIMA LUZ

UN PARÁSITO DEVORA LA MEMORIA

   Es difícil afrontar algo que parece atentar contra la naturaleza: una madre que a duras penas reconoce a sus hijos. El paseo que, tras la silla de ruedas, me permitió ver las luces de navidad de Segovia acompañando a mi madre en los últimos días de 2014 creo que me acompañará siempre, a no ser que ese parásito devorador de recuerdos al que todos tememos me asalte por sorpresa.





LA ÚLTIMA LUZ

                       
La última luz
Es una lámpara en la mesilla,
Una lectura bruscamente interrumpida,
Una ligera almohada en la cabecera,
Un sueño más allá de la noche y del día.
La última luz es
Una tela de araña en el corazón,
Un alma de voz ausente intuida,
Una honda mirada al fondo del promontorio,
Una incierta, una insólita sonrisa.

La última luz son unas calles que brillan
En la navidad del bullicioso gentío
Y una mujer sobre ruedas, entre luciérnagas.
La última luz son unas manos frías
Y un hombre, con el dolor de un niño,
Que avanza empujando la silla.

La última luz es
La ausencia de un alma que llama sin fuerza
A las puertas de una casa vacía,
Es la voz hosca, el rostro turbio, la lengua bífida:
Soy tu hijo, mas aun no me reconoces,
Mi nombre es Alzheimer y pienso acompañarte
Hasta el último instante de tu vida.











La soledad o el temor de ser olvidado 


La madurez ofrece una barrera
y una puerta en un pasillo solitario.
Antes que ella, nos nació el dolor.

Ni se piden razones ni se esperan:
de golpe nací, moriré despacio,
con el alma rota como un reloj.

La mirada fugaz: una torpeza,
un camino torcido, insolidario,
leve y mezquino como un corazón.

Y, cada día, esa puerta se cierra.
Después, la barrera son ya los años.
Y, aun entonces, perdura el dolor.

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