lunes, 19 de septiembre de 2016

TODOS LOS EXILIOS EL EXILIO

Las últimas imágenes pavorosas de los exiliados arrastrados entre la ignominia y el deshonor ajeno solo hacen pesar que ese sueño de que "mi patria es la humanidad" se quiebra cada día.

La insolidaridad es el auténtico pecado original humano. El racismo es la culminación de todas las deudas sin saldar desde nuestros ancestros. Todos los exiliados son el mismo exiliado con distinta cara.

Hace tiempo escribí un poema en una celebración del éxodo de judíos españoles en el XIV. En recuerdo de todos. Con la nostalgia de la inocencia perdida. Las nuevas caras, sean ya de la religión que sean, del siglo que sean.., no hacen sino resucitarlos. El cuadro es de Chagal, tan hermoso y misterioso como toda su obra.


CORAZÓN EXILIADO
A los muertos  y heridos de la Intifada, a los kurdos, a todos aquellos que luchan contra la opresión en cualquier parte del mundo, y que se levantan no sólo para ser tenidos en cuenta, sino para ser fusilados. 


(Patricia Highsmith, dedicatoria de su libro Ripley en peligro)














No todos los cuentos tienen
Ingenuo final feliz.
Quizá podamos decir
Algo así como:
“Una vez
Hubo un próspero reino
Cuya reina erais vos”...

Allí brilló una ciudad,
En ella hubo una aljama
De laberínticas calles.
Allí nacían, amaban
Y morían vuestras gentes
Aun antes de nacer yo.
Cobijado en sus paredes,
Mi cuerpo fue la morada
Que habitó mi corazón.

Y en mi corazón latían
En una rueda infinita
Vuestro reino, mi ciudad,
La aljama, la morada
mi cuerpo, mi…
                           ¿Qué ganáis
Expulsando un corazón
Donde vos misma habitáis?
¿Y qué sirenas cantaron
Impuras, hasta clavarnos
Las garras de Sefarad?

jueves, 4 de febrero de 2016

LA ESPADA ENCENDIDA

EL ÁNGEL DEL PARAÍSO.

Todos sabemos que una maldición nos impide alcanzar los sueños. Para evitarnos su acceso, alguien colocó un ángel armado con una espada de fuego. Tal vez sea la hora de exigir que alguien lo retire de las puertas del infierno.




  Ahí está, asiendo el fuego, firme
guardián de la nada. Ya no recuerda
quién le nombró centinela ni qué
cela su espada (cuando ya ni ruinas
quedan, y nadie viviría allí,
sin frutales, sin serpientes, sin otra
cosa que no fuera sobrevivirse
y prolongar la moribunda especie
desheredada). No recuerda quién
cometió la torpeza de dotar de voluntad
a quien prohíbe tomar decisiones.
Ya no recuerda si alguien le encargó
la custodia. Quizá nadie le dijo
nada (mas tan largo es el tiempo y tanto
olvidó el centinela...). No recuerda
si murió quien le dotó de una espada,
ni sabe si es él un superviviente
de una especie extinta. Y se pregunta
por qué sigue, al cabo de tantos siglos,
guardando una puerta que nunca nadie
intentó traspasar. Ciñe la espada,
aprieta los dientes. No ha de pensar
que el dolor se justifique en sí mismo,
que, aunque le ennoblece la soledad,
juega la inmortalidad en su contra.
Y desea abandonar esa espada,
prender los ya resecos matorrales
del desierto paraíso que nadie ansía.
Y marcharse, y abandonarse al fin
a un sueño menos inútil que el celo
derrochado en guardar lo que no existe,
dejarse morir (como muere todo,
como mueren los hombres) y entonces
verse libre de cargas más penosas:
del tiempo, la soledad y del fuego
que brota inútilmente de su mano.