jueves, 4 de febrero de 2016

LA ESPADA ENCENDIDA

EL ÁNGEL DEL PARAÍSO.

Todos sabemos que una maldición nos impide alcanzar los sueños. Para evitarnos su acceso, alguien colocó un ángel armado con una espada de fuego. Tal vez sea la hora de exigir que alguien lo retire de las puertas del infierno.




  Ahí está, asiendo el fuego, firme
guardián de la nada. Ya no recuerda
quién le nombró centinela ni qué
cela su espada (cuando ya ni ruinas
quedan, y nadie viviría allí,
sin frutales, sin serpientes, sin otra
cosa que no fuera sobrevivirse
y prolongar la moribunda especie
desheredada). No recuerda quién
cometió la torpeza de dotar de voluntad
a quien prohíbe tomar decisiones.
Ya no recuerda si alguien le encargó
la custodia. Quizá nadie le dijo
nada (mas tan largo es el tiempo y tanto
olvidó el centinela...). No recuerda
si murió quien le dotó de una espada,
ni sabe si es él un superviviente
de una especie extinta. Y se pregunta
por qué sigue, al cabo de tantos siglos,
guardando una puerta que nunca nadie
intentó traspasar. Ciñe la espada,
aprieta los dientes. No ha de pensar
que el dolor se justifique en sí mismo,
que, aunque le ennoblece la soledad,
juega la inmortalidad en su contra.
Y desea abandonar esa espada,
prender los ya resecos matorrales
del desierto paraíso que nadie ansía.
Y marcharse, y abandonarse al fin
a un sueño menos inútil que el celo
derrochado en guardar lo que no existe,
dejarse morir (como muere todo,
como mueren los hombres) y entonces
verse libre de cargas más penosas:
del tiempo, la soledad y del fuego
que brota inútilmente de su mano.

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